Por Roberto Schunk
Tecnología, pensamiento crítico y democracia: el desafío de la escuela del siglo XXI.
Hay momentos en los que una sociedad necesita detenerse y hacerse una pregunta incómoda. ¿Estamos educando a nuestros hijos para el mundo que viene o para el mundo que ya dejó de existir?
La pregunta adquiere una enorme actualidad a partir de los resultados de PISA 2025 y frente a la expansión acelerada de las redes sociales, los teléfonos inteligentes y la inteligencia artificial. Los resultados publicados por la OCDE el 8 de setiembre muestran que el deterioro educativo no es solamente argentino. En los países de la OCDE, el rendimiento promedio alcanzó en 2025 sus niveles más bajos registrados hasta ahora en matemática y lectura. Entre 2015 y 2025, la caída acumulada fue de 22 puntos en matemática y 28 puntos en lectura. Uno de cada cinco estudiantes de 15 años presenta actualmente bajo desempeño simultáneo en ciencias, matemática y lectura.
Y hay un dato que debería preocuparnos especialmente: entre las capacidades que hoy adquieren una importancia creciente en la era de la inteligencia artificial están precisamente aquellas vinculadas con evaluar información, relacionar distintas fuentes y pensar críticamente sobre lo que leemos. Además, casi se duplicó entre 2018 y 2025 la proporción de estudiantes que leen rápidamente y responden incorrectamente.
Argentina tampoco escapa a esta realidad. En PISA 2025 nuestros estudiantes obtuvieron resultados inferiores a los de 2022 en matemática, lectura y ciencias, y también inferiores a los de 2018. Respecto de 2018, aumentó en siete puntos porcentuales la proporción de estudiantes argentinos por debajo del nivel básico en matemática y lectura, y en seis puntos en ciencias. Pero sería un error buscar una explicación sencilla.
No podemos decir que los celulares sean la causa de la crisis educativa. La propia OCDE advierte que el deterioro comenzó en muchos países antes de la pandemia y que existen múltiples factores involucrados. Sin embargo, tampoco podemos mirar hacia otro lado frente a lo que está ocurriendo con la atención, la lectura y el uso de las tecnologías.
Y aquí aparece la cuestión que considero central.
El problema ya no es la falta de información
Durante siglos, una de las funciones fundamentales de la escuela fue transmitir información. El maestro sabía cosas que el alumno no sabía. Los libros eran escasos. El acceso al conocimiento requería tiempo, esfuerzo y recursos. Hoy la situación cambió radicalmente.
Un adolescente puede acceder desde su teléfono a una cantidad de información que ninguna generación anterior tuvo disponible. El problema ya no es la escasez de información. Es el exceso.
El texto que dio origen a esta reflexión -atribuido a Yuval Noah Harari- plantea precisamente esa transformación: vivimos en una época en la que la dificultad no está en encontrar información, sino en distinguir lo importante de lo irrelevante, separar información de desinformación y construir una imagen coherente del mundo a partir de fragmentos dispersos. Entonces tenemos que hacernos una pregunta:
¿Tiene sentido que la escuela continúe siendo principalmente un lugar donde se transmiten datos, cuando los datos están disponibles en todas partes?
Creo que no. La escuela tiene que enseñar algo más importante: qué hacer con la información.
El celular no es el enemigo
Aquí aparece una discusión que en muchos países está ocupando un lugar central. ¿Debemos prohibir los celulares en las escuelas?
La respuesta no puede ser simplemente sí o no. El teléfono puede ser una fuente de distracción, pero también puede convertirse en una herramienta extraordinaria para investigar, aprender, crear, comunicarse y resolver problemas. La cuestión fundamental es otra: ¿Quién controla la herramienta: el joven o el algoritmo?
Los resultados de PISA 2025 muestran que el uso de dispositivos digitales para aprender puede asociarse con mejores resultados cuando es moderado y tiene un propósito educativo claro. Pero cuando los dispositivos se utilizan excesivamente o para entretenimiento durante las clases, la relación se invierte y aparecen peores resultados. El 28% de los estudiantes de los países de la OCDE dijo que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de ciencias. Por eso, quizá la discusión no debería ser simplemente cuánto usamos el celular. Deberíamos preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo con nuestra capacidad de atención mientras lo usamos?
El cerebro también necesita ejercicio
Hace poco pensé en esto a partir de una experiencia personal. Durante un tiempo tuve que dejar de nadar. Cuando volví, descubrí algo sencillo: recuperar una capacidad que había ejercitado durante años requería nuevamente práctica, esfuerzo y paciencia. No pretendo trasladar mecánicamente esa experiencia al funcionamiento del cerebro, pero la comparación me llevó a una pregunta que considero legítima:
¿Qué capacidades intelectuales estamos ejercitando menos porque las máquinas hacen cada vez más cosas por nosotros?
Si ante cada pregunta recurrimos inmediatamente a una pantalla, ¿cuánto practicamos buscar una respuesta por nosotros mismos? Si una inteligencia artificial nos entrega un texto terminado, ¿cuánto practicamos formular una idea, equivocarnos, corregirla y volver a construirla? Si el algoritmo selecciona permanentemente lo que aparece de nuestros ojos, ¿cuánto ejercitamos nuestra capacidad de decidir qué queremos conocer?
No se trata de rechazar la tecnología. Se trata de comprender que las capacidades que queremos conservar también necesitan ser ejercitadas.
Pensar necesita ejercicio, leer necesita ejercicio, concentrarse necesita ejercicio, crear necesita ejercicio, argumentar necesita ejercicio y aprender a convivir con otro que piensa diferente también necesita ejercicio.
PISA nos está dando una señal
Los resultados de PISA 2025 no permiten afirmar que las redes sociales o los celulares sean la causa de la caída educativa, pero sí muestran algo que debería hacernos pensar. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que reúne a 38 países y constituye uno de los principales organismos internacionales de análisis y comparación de políticas públicas, encuentra asociaciones entre determinadas formas de uso de dispositivos digitales y los resultados educativos. El uso moderado de dispositivos para aprender se relaciona con mejores desempeños, mientras que el uso recreativo excesivo y la distracción digital se asocian con resultados más débiles. Y aparece un dato particularmente significativo: la proporción de estudiantes que realizan una lectura apresurada -leen rápido y responden mal- aumentó fuertemente entre 2018 y 2025.
No podemos afirmar que una cosa sea la causa de la otra, pero sí podemos formular una pregunta:
¿Estamos formando jóvenes en un ambiente que favorece la atención profunda o en una que fragmenta permanentemente su atención?
Es una pregunta que la educación no puede seguir postergando.
Y entonces aparece Meta. En agosto de 2026, Meta acordó pagar hasta 18.000 millones de dólares durante la próxima década para resolver demandas presentadas por Estados y territorios de Estados Unidos relacionadas con Facebook e Instagram y con acusaciones sobre el diseño de sus plataformas y su impacto sobre usuarios jóvenes. El acuerdo contempla, entre otras medidas, límites de uso para adolescentes, restricciones nocturnas, suspensión de determinadas notificaciones durante el horario escolar y mecanismos de verificación de edad. Meta no admitió responsabilidad al alcanzar el acuerdo.
No deberíamos interpretar este acuerdo como una demostración de que las redes sociales son, por definición, perjudiciales, pero sí deberíamos hacernos una pregunta: ¿Por qué una de las empresas tecnológicas más poderosas del mundo acepta un acuerdo de semejante magnitud y modifica aspectos importantes de la relación de sus plataformas con los adolescentes?
La respuesta jurídica está en las demandas y en el acuerdo alcanzado. La pregunta educativa es otra. ¿Qué responsabilidad tienen las plataformas cuando su modelo económico depende, en buena medida, de captar y retener nuestra atención?
Y esta pregunta es especialmente importante cuando hablamos de niños y adolescentes.
Harari nos obliga a mirar más lejos
El texto que estamos tomando como punto de partida plantea que la educación del futuro no puede limitarse a transmitir información, propone poner en el centro capacidades como el pensamiento crítico, la comunicación, la colaboración y la creatividad. Y agrega algo todavía más profundo: autoconocimiento, inteligencia emocional y capacidad para observar nuestras propias reacciones frente a los estímulos.
La idea es poderosa. Si una plataforma sabe qué nos provoca enojo, qué nos genera miedo, qué nos produce placer y qué consigue que permanezcamos conectados, nuestra libertad depende también de que podamos reconocer qué nos está ocurriendo. La educación tiene entonces una nueva responsabilidad: enseñar a nuestros jóvenes a conocerse para poder decidir.
La inteligencia artificial cambia todavía más el desafío
La aparición de la inteligencia artificial acelera todo esto. Una máquina puede buscar información, puede resumir, puede traducir, puede escribir, puede calcular, puede generar imágenes, puede programar, puede ayudarnos a resolver problemas.
Entonces la pregunta educativa ya no puede ser solamente: ¿Qué conocimientos debe memorizar un estudiante?
Tenemos que preguntarnos: ¿Qué capacidades necesita desarrollar para utilizar esas herramientas sin convertirse en dependiente de ellas?
La propia PISA 2025 incorpora por primera vez una evaluación de aprendizaje en el mundo digital y muestra que la relación entre inteligencia artificial y rendimiento depende de cómo se utiliza. Los estudiantes que utilizan herramientas digitales con objetivos de aprendizaje y reciben orientación para evaluar la calidad de la información generada por IA pueden beneficiarse de ellas; el uso sin orientación plantea otros riesgos. La conclusión no debería ser abandonar la inteligencia artificial.
Debería ser aprender a utilizarla críticamente.
Hay una frase que resume lo que estamos planteando:
Utilicemos la inteligencia artificial, pero no le entreguemos nuestra inteligencia.
El docente no pierde importancia. La gana.
Cuanto más poderosa sea la tecnología, más importante será el docente. Puede parecer contradictorio. No lo es. La inteligencia artificial puede entregar una respuesta, pero el docente puede preguntar: ¿Por qué?
Puede preguntar: ¿Cómo sabes que eso es verdad?
Puede decir: Busquemos otra fuente. Puede pedir: Defendé tu argumento.
Puede ayudar a un alumno a comprender un error, puede enseñarle a escuchar a otro, puede acompañarlo cuando fracasa, puede descubrir una preocupación que ningún algoritmo detectó, puede establecer un vínculo humano. Por eso, el docente no debe ser desplazado por la transformación tecnológica. Debe ser uno de sus protagonistas centrales. El propio texto que analizamos plantea que el maestro del futuro debería ser menos una enciclopedia y más un guía frente a la incertidumbre: alguien que enseñe a verificar información, colaborar y explorar lo desconocido.
Y hay una idea especialmente valiosa: La verdadera tecnología educativa es la conexión humana, en un mundo de pantallas.
Esto no se puede hacer sin los docentes
Por eso creo que entre Ríos debería abrir una discusión profunda con quienes están todos los días dentro de las aulas. No podemos transformar la educación sin los docentes, y tampoco deberíamos hacerlo simplemente diciéndoles qué tienen que hacer, tenemos que construir con ellos.
Tenemos que construir esta transformación con los docentes y con las organizaciones que los representan, con las universidades entrerrianas, con los estudiantes y con el Estado. No para llevarles un programa cerrado, sino para plantear una pregunta: ¿Cómo construimos juntos la escuela entrerriana del siglo XXI?
La Universidad también tiene que tener un papel estratégico.
Tenemos en nuestra provincia universidades, investigadores, docentes, especialistas y jóvenes universitarios que pueden aportar conocimiento, investigación, formación y evaluación. Por eso propongo pensar una alianza:
Docentes + organizaciones que los representan + universidades entrerrianas + estudiantes + estado
No como una estructura burocrática más, sino como un espacio de construcción de una nueva política educativa.
Escuchar a los jóvenes
Y hay un actor que no podemos olvidar, los propios jóvenes. No podemos diseñar una estrategia sobre la juventud sin escuchar a la juventud, ellos conocen las redes sociales desde adentro, conocen sus posibilidades, sus riesgos, conocen mucho mejor que nosotros cómo funcionan determinadas plataformas. La escuela debe enseñarles, pero también debe escucharlos.
Tenemos que pasar de pensar a los jóvenes como consumidores pasivos de tecnología a reconocerlos como creadores de conocimiento, productores de contenidos, investigadores, emprendedores y ciudadanos.
Una propuesta concreta para Entre Ríos
No propongo comenzar prohibiendo, propongo comenzar experimentando. Podríamos seleccionar un conjunto de escuelas secundarias, técnicas y agrotécnicas de nuestra provincia y construir con sus docentes, estudiantes, universidades y comunidades educativas una experiencia piloto.
Trabajar durante un período determinado sobre:
Y evaluar, no para imponer una receta, sino para aprender qué funciona, porque la educación del siglo XXI también debe aprender permanentemente.
Educación y democracia
Hay una razón adicional para hacer todo esto. No estamos hablando solamente de trabajo, estamos hablando de democracia. Una democracia necesita ciudadanos capaces de informarse, analizar, cuestionar, argumentar y decidir, necesita personas capaces de distinguir un hecho de una manipulación, necesita ciudadanos que puedan convivir con quienes piensan diferente, y necesita personas que no entreguen completamente sus decisiones a una máquina.
Por eso resulta tan importante vincular esta decisión con las reflexiones de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en “Cómo mueren las democracias”.
Su análisis pone en el centro la importancia de las reglas y normas que sostienen la convivencia democrática, de la tolerancia y de la capacidad de los actores políticos para aceptar límites y convivir con el adversario. La educación tiene mucho que ver con eso. No alcanza con formar personas inteligentes, tenemos que formar ciudadanos capaces de vivir en democracia.
No sabemos cómo será el mundo. Pero podemos decidir cómo preparar a nuestros hijos
No sabemos cómo será Entre Ríos en 2040, no sabemos qué profesiones existirán, no sabemos qué tecnologías aparecerán, no sabemos qué problemas tendrán que resolver nuestros jóvenes. Pero sí sabemos qué capacidades necesitarán.
Por eso la discusión sobre el celular es solamente la punta del iceberg, la verdadera discusión es mucho más profunda: ¿Qué tipo de seres humanos queremos formar para un mundo que todavía no conocemos?
No se trata de sacar la tecnología de las manos de nuestros jóvenes, se trata de ponerla en sus manos sin sacarles el pensamiento de la cabeza, no se trata de rechazar la inteligencia artificial, se trata de aprender a utilizarla sin entregarle nuestra inteligencia. No se trata de educar para el mundo que ya existe, se trata de educar para que nuestros jóvenes puedan pensar, aprender, crear, convivir y decidir en el mundo que viene.
En esta misma dirección, la reciente encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, plantea que la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están transformando profundamente la educación y que este cambio exige repensar el papel de la escuela. El documento advierte también sobre el riesgo de que el flujo permanente de información termine reemplazando la investigación, la reflexión y el discernimiento. Frente a este escenario, sostiene la necesidad de una verdadera alianza educativa para la era digital, en la que la tecnología no sustituya la formación humana, sino que esté al servicio de ella. Educar en tiempos de inteligencia artificial no significa solamente aprender a utilizar nuevas herramientas: significa, fundamentalmente, formar personas capaces de pensar, discernir y decidir.
Y para eso necesitamos una escuela nueva, una escuela que no tenga miedo de la tecnología, una escuela que la domine, una escuela donde el docente vuelva a ocupar un lugar estratégico, una escuela donde la Universidad aporte conocimiento, una escuela donde los jóvenes sean protagonistas, una escuela que forme trabajadores, pero también ciudadanos.
Porque, en definitiva, el desarrollo de una provincia no depende solamente de sus recursos naturales, de sus rutas, de sus puertos o de su energía.
Depende, sobre todo, de la capacidad de su gente para imaginar, comprender y construir el futuro, y esa capacidad se aprende, se educa.
Por eso no podemos seguir educando a nuestros hijos para un mundo que ya dejó de existir. Tenemos que ayudarlos a construir el mundo que todavía no existe. Ese es el verdadero desafío de la educación del siglo XXI.
(*): contador público nacional. Exministro de la Producción de la provincia de Entre Ríos. Docente universitario e investigador.