La Evolución de las máquinas

16-09-2026 Opinion

Por Guillermo Romero

Hace poco más de tres años escribí en este mismo medio una nota titulada “La revolución de las máquinas”. En aquel momento intentaba explicar por qué el lanzamiento de ChatGPT, ocurrido el 30 de noviembre de 2022, podía significar el comienzo de una nueva revolución tecnológica. Apenas había pasado un año desde su aparición y todavía estábamos descubriendo de qué era capaz aquella herramienta que parecía conversar con nosotros como si fuera una persona.

 

Hoy, escribir nuevamente sobre inteligencia artificial tiene un problema: es difícil resumir en una nota todo lo que abarca. La IA dejó de ser una tecnología aplicada a determinados sectores y se convirtió en algo transversal a nuestra vida. Está en el teléfono, en los buscadores, en las empresas, en la educación, en la medicina, en la programación, en la generación de imágenes y videos y, cada vez más, en sistemas capaces no solamente de responder, sino de ejecutar tareas.

 

Pero quizás lo más llamativo no sea todo lo que ocurrió, sino la velocidad con la que ocurrió. En apenas tres años pasamos de conversar con una máquina a delegarle investigaciones, análisis, programación y procesos completos. Los llamados agentes de inteligencia artificial pueden utilizar herramientas, interactuar con sistemas externos y ejecutar secuencias de tareas con una intervención humana cada vez menor. En ámbitos como la investigación biomédica ya se están estudiando sistemas capaces de formular hipótesis, analizar información y colaborar en distintas etapas del proceso científico.

 

Al mismo tiempo, los resultados concretos empiezan a ser difíciles de ignorar. La inteligencia artificial está siendo utilizada para acelerar investigaciones científicas, analizar grandes cantidades de información, colaborar en el descubrimiento de medicamentos y asistir en determinadas tareas médicas. En otras palabras, aquella tecnología que en 2022 nos sorprendía porque podía escribir un texto razonable hoy está comenzando a participar en actividades que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanas.

 

Pero toda revolución tecnológica tiene dos caras.

 

En mi nota anterior hablaba de los temores que históricamente acompañaron a las máquinas. La diferencia es que ahora algunos de esos temores ya no parecen tan propios de la ciencia ficción. La generación de imágenes, videos y voces falsas, la desinformación, los ataques informáticos potenciados por inteligencia artificial, la pérdida de determinados puestos de trabajo y la posibilidad de delegar decisiones cada vez más importantes en sistemas que no comprendemos completamente son problemas reales que requieren nuestra atención.

 

Y aparece una pregunta que es todavía más importante: ¿estamos preparados para todo esto?

 

No me refiero solamente a si las empresas están preparadas para incorporar inteligencia artificial o si los programadores saben utilizarla. Me preocupa también la brecha que puede producirse entre quienes puedan aprovechar esta tecnología y quienes queden al margen.

 

Ya conocemos algo parecido. Tenemos una generación de adultos mayores que no logró adaptarse completamente a algunas de las transformaciones tecnológicas anteriores y que, en determinados aspectos, terminó encontrándose con una sociedad que empezó a funcionar de una manera que les resulta ajena. Trámites, bancos, comunicaciones, compras y hasta las relaciones personales pasaron progresivamente por dispositivos que no todos pudieron incorporar con la misma facilidad.

 

La inteligencia artificial puede profundizar esa diferencia. La próxima brecha no necesariamente será entre quienes tienen una computadora y quienes no, sino entre quienes sepan utilizar estas herramientas para aumentar sus capacidades y quienes no tengan acceso, conocimientos o posibilidades de hacerlo.

 

Pero también observo otro riesgo, bastante menos evidente, que me preocupa todavía más: nos estamos acostumbrando rápidamente a la comodidad.

 

Si una máquina puede escribir por nosotros, ¿para qué escribir? Si puede traducir, ¿para qué aprender idiomas? Si puede calcular, ¿para qué hacer cuentas? Si puede resumir un libro, ¿para qué leerlo? Si puede pensar distintas alternativas ante un problema, ¿cuánto tiempo seguiremos dedicando nosotros a pensar?

 

Por supuesto, ninguna de estas preguntas significa que debamos abandonar la tecnología. Al contrario. Las máquinas pueden permitirnos hacer cosas que antes eran imposibles y liberar tiempo para actividades más importantes. El problema aparece cuando dejamos de utilizar una capacidad simplemente porque ya no necesitamos utilizarla.

 

Durante siglos entrenamos nuestro cuerpo porque nuestra vida cotidiana lo exigía. Hoy, como ya no necesitamos caminar grandes distancias ni realizar determinados esfuerzos físicos para sobrevivir, existen gimnasios donde voluntariamente recuperamos aquello que la comodidad nos quitó. Quizás algún día necesitemos algo parecido para el cerebro, lugares donde las personas vayan deliberadamente a leer, escribir, memorizar, resolver problemas, debatir, conversar cara a cara y pensar sin la asistencia de una inteligencia artificial. Incluso espacios destinados simplemente a relacionarnos con otras personas, en una época en la que hasta la conversación puede ser intermediada por una máquina. Puede parecer exagerado, pero también habría parecido extraño hace algunas décadas pagar para levantar pesas que podríamos evitar levantar durante todo el día.

 

Y mientras nosotros nos acostumbramos a estas nuevas comodidades, las máquinas continúan evolucionando.Por eso aparece otra discusión inevitable: ¿necesitamos algún tipo de control?

 

No se trata necesariamente de prohibir la inteligencia artificial ni de frenar el progreso. La cuestión es determinar si necesitamos reglas antes de que la velocidad de desarrollo supere nuestra capacidad para establecerlas. En distintos ámbitos, incluso en la medicina, investigadores y organismos reguladores ya advierten que la evolución de los sistemas de IA está planteando desafíos para los marcos de regulación existentes. La propia Organización de las Naciones Unidas avanzó en 2025 en la creación de un panel científico internacional independiente sobre inteligencia artificial.

 

La historia ofrece un antecedente que, aunque imperfecto, resulta inevitable recordar: la Guerra Fría. Cuando la humanidad desarrolló armas capaces de destruirla a una escala desconocida hasta entonces, el problema dejó de ser solamente tecnológico. Fue necesario establecer acuerdos, límites y mecanismos de control entre países que, paradójicamente, tenían fuertes incentivos para continuar desarrollando esas mismas armas. La inteligencia artificial no es un arma nuclear y la comparación tiene límites evidentes. Pero existe una similitud en el problema: una tecnología con capacidades extraordinarias, desarrollada en una competencia global, donde detenerse unilateralmente puede significar quedar atrás.

 

¿Esperaremos a comprender completamente sus consecuencias para comenzar a discutir sus límites? ¿O deberíamos establecer algunas reglas mientras todavía tenemos la posibilidad de hacerlo? No tengo una respuesta definitiva. Tampoco creo que nadie la tenga todavía. Lo que sí parece evidente es que la pregunta ya no es si la inteligencia artificial va a cambiar nuestra sociedad. Eso ya está ocurriendo. La verdadera pregunta es si nosotros seremos capaces de evolucionar a la misma velocidad.

 

Hace tres años escribía que las máquinas podían ayudarnos a resolver problemas que la humanidad todavía no había podido resolver. Sigo creyendo que es posible. Pero quizás haya que agregar una condición: mientras dejamos que las máquinas sean cada vez más capaces, debemos asegurarnos de que nosotros no dejemos de serlo. Después de todo, la evolución de las máquinas también puede terminar siendo una prueba para la evolución del hombre.

 

Y si finalmente me equivoqué y el futuro termina siendo mucho más apocalíptico de lo que planteo en estas líneas, al menos tengo una excusa: le pedí a la inteligencia artificial que me ayudara a redactar esta nota y no me dejó ser más pesimista.

 

Autor: Oscar Arnau