Vivir solo cuesta vida

27-06-2026 General | Conversaciones 2026

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Por Franco Vago*

Para no alimentar mayor polémica de la ya existente en nuestros tiempos (aunque no parece ser posible), partamos de la siguiente premisa: esto no es una crítica al trabajo, al lugar fundante que ocupa en el funcionamiento de una sociedad. Freud, hace ya casi un siglo, postuló amar y trabajar como dos instancias que hacen de los infortunios que asechan a la realidad humana, una vida anímica posible. ¡Agarrá la pala! pero también se verá usted entrometido en los quilombitos del amor, en las tantas de sus presentaciones.

En nuestros días damos con todo tipo de afirmaciones, sean estas dirigidas por un otro, por una máquina, por una imagen y por todo tipo de lanzaverdades de turno. Quizá ya estemos en una época en donde se pueda investigar si tiene más valor una palabra que provenga de otra persona o de una máquina. No es una propuesta de volver al pasado, sino -o al menos- de estar advertidos de los efectos que produce este encuentro, bastante bizarro, de querer que el humano devenga máquina, y que la máquina oficie de humano. El ejercicio de la pregunta obliga: ¿qué y cuáles son los intereses de esta ensalada? No creo que tenga algo que ver con esa canción que dice “que viva la ciencia, que viva la poesía”.

Bueno, es la paradoja actual del sufrimiento: estamos hasta la nuca de herramientas digitales para ahorrar tiempo, optimizar la productividad, anticipar calculadamente cada paso y aun así nunca se tiene tiempo, nunca es suficiente lo producido y sigue sin haber una pastilla que adormezca la piedra en el zapato que supone el estar vivo con otros. Entonces ante este encuentro funcional a la sociedad del cansancio, las afirmaciones pasan a ser una defensa sólida, una especie de compensación respecto a aquello que del otro me vuelve como una diferencia. No son cualquier tipo de afirmación, son aquellas que anidan en una trama social como imperativos que suelen ser achacados a los otros y quien los reproduce, pareciera quedar exento de la cuestión, algo así como la ley del alma bella: todos deberían ser/hacer las cosas según lo que mi yo establece como la norma.

Hay otras afirmaciones que no tienen nada que ver con los imperativos que devienen mandatos que explican la vida (por lo general explican la vida de los otros, nunca la del lanzador serial de verdades absolutas). Son afirmaciones que no arrastran consigo un significado cristalizado, no quieren decir o indicar algo puntual, pero tienen sin embargo una potencia creativa ajena de estandarización. Vivir solo cuesta vida es una. ¿Qué quiere decir? ¿Dónde apunta? ¿Cuánto cuesta? No tiene que ver con instalar una meritocracia como modelo de desarrollo social ya que hay allí un conflicto bastante evidente: en una meritocracia ¿quién o quiénes son los destinados a la acumulación de méritos y quiénes los encargados de “reconocer” esos méritos? En fin. La política exige otros escenarios donde el vector impulsor sea trabajar y establecer condiciones por el bien común.

Vivir solo cuesta vida propone al menos una cuestión: no es la vida un recurso infinito externo a nosotros mismos, ni algo que pueda ser administrado al modo de billetera virtual. El costo aquí remite a las subjetividades que se entraman en cada cuento, hecho de capítulos siempre impredecibles donde pareciera haber estaciones casi imposibles de esquivar, los lazos sociales en sus diversas formas: el amor, la familia, el trabajo, la angustia, la ignorancia, el odio, el deseo y lo que usted quiera poner en esta serie.

El costo de la vida remite quizá, no tanto a obtener una respuesta sólida y acabada -no la hay- sino a mantener viva la afirmación, ese Vivir solo cuesta vida que funciona más como una pregunta, que empuja a construir una causa -cada vez-, que invita a inquietarnos para saber de qué estamos hechos, y que la cosa no se reduzca a una vida anarcotizada.

 


*Franco Vago: Lic. en musicoterapia (Usal). Diplomado en clínica psicoanalítica (Asoc. Argentina de Salud Mental). Miembro de APOLa (Apertura para Otro Lacan) sociedad de investigación en psicoanálisis. Posgrado en psicoanálisis y autismos (UNC). Profesor universitario en UMAZA. Trabajador de salud mental y de prácticas subjetivantes.

Autor: Oscar Arnau

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